Acerca de sumar

Todo el que me conoce sabe que compagino mi trabajo como desarrollador de software con clases de tango argentino en Sevilla y algún que otro show. En desarrollo de software, como en muchas otras profesiones, compartir lo que se conoce es la mejor, cuando no la única, manera de crecer. Esto lo sé muy bien porque he sido freelance durante muchos años y, como tal, he tenido que buscar soluciones a problemas técnicos muchas veces yo solo, sin mucha más ayuda que búsquedas en Google y en foros de Internet.

Trabajar con un equipo de personas es, por contra, muchísimo mejor que trabajar solo. Puedes compartir, puedes preguntar, puedes aprender y también enseñar. Puedes, en suma, crecer.

Esto ocurre no solo dentro de una misma compañía. Actualmente tengo la suerte de compartir conocimientos y experiencias con compañeros de otras empresas a través de reuniones y encuentros donde nos contamos qué hemos aprendido y qué novedades vienen en el mundillo.

Crecemos juntos, compitiendo de manera sana y, sobre todo, compartiendo. Imaginad qué triste sería nuestra actividad si no compartiéramos lo que hacemos y lo que aprendemos.

Con el tango, especialmente con las clases, pasa algo muy parecido. Los alumnos, principiantes o no, prueban distintos profesores hasta que encuentran el que les cuadra más, ya sea por estilo, por actitud, o por la razón que sea. Para mi modo de ver las cosas, que un alumno abandone nuestras clases y pruebe con otro profesor es una señal de que podemos mejorar algo en nuestra manera. Descalificar al alumno porque no va o deja de ir a tus clases no es la manera de sumar.

Esto nos ha pasado y nos pasará, porque así son las cosas y así deben ser. Abrazar la libertad del alumno para hacer lo que quiera y pruebe, y cambie, hasta encontrar su camino es parte de nuestra labor como profesores.

Cuando era freelance, gran parte de mis ingresos provenían de hacer páginas web de manera profesional y tenía que convivir con el hecho de que, entonces y hoy también, cualquiera puede hacerse su web. ¿Qué hacer ante esta situación? Aceptarla. No hay más. Yo, como profesional, debía y procuraba añadir valor a mi trabajo. De nada sirve atacar a la competencia o a quienes hacían sus pinitos en sus ratos libres. Todos tienen cabida y cuando un cliente venía a mí era porque mi trabajo le gustaba. Nada más.

En el mundo del tango es igual. Reconocer la existencia de otros profesores es importante, tanto para la salud de la comunidad, como para nuestra propia salud mental y espiritual. Los demás profesores pueden gustarte más o menos pero existen y, lo que es más importante, tienen derecho a impartir clase de la manera que les parezca más oportuna. Negar esto es negar la realidad, esa que se estrella contra nosotros cada vez que nos empeñamos en ignorarla.

Por cierto, el manido argumento de “entonces yo puedo ser médico sin estudiar y ponerme a operar” no solo es una falacia del tamaño de una casa sino que es, además, pueril. ¿Sabéis por qué? Porque un médico trabaja con vidas humanas. Un profesor de tango, no. No es comparable un profesor de tango con un médico.

El valor de nuestras clases (hablo aquí de todos los profesores) lo marcamos nosotros con trabajo constante y nuevas ideas, pero también los alumnos que deciden ir a las clases, libremente (sobre todo, libremente. Lo contrario sería muy condenable, ¿verdad?). Y lo puedo poner en términos más concretos: mis alumnos en algún momento irán a clase con otros profesores y viceversa. Todos ganamos y la comunidad crece y, con ella, la recompensa a nuestra labor. Así pues, todos sumamos.

Exponer lo que hacemos es sumar.

Apoyarnos es sumar.

Todo lo demás es, simple y llanamente, un discurso vacío.